Ideales Irreales.

No pude esperar. La ahogo de a poco con mis manos.
Me calmó la idea de que no estará más ahí, provocándome ese terror de poseerme y ser tan impenetrable. La sumerjo más en el agua para olvidarla, mientras con su cuerpo desesperado intenta seguir amoldándome a lo que quiere de mí. Me hace daño pensar que se muere con un orgullo lúcido, su rostro aún expresa odio, tristeza y celos -lástima-. Sé que si viviera después de esto me daría un portazo en la cara, me hablaría con una voz seca, fría y prepotente. Mi ansiedad me quitaba también el aire, me hacía derramar lágrimas de duda -¿qué recuerdos?- me seguía preguntando a mí misma a gritos, luego de reprocharme que la dejé sola: porque no la miré a los ojos en semanas, mientras que día a día ella me miró pero jamás estuvo ahí.
Qué frustrantes deseos de compartir la locura. Hasta nunca.